1. El contexto.
Has llegado hasta dicho lugar, en el que plantas pies, manos y paciencia, luego de manejar a más de 80 por Viaducto Río de la Piedad, bajar y subir dos pasos a desnivel, observar las líneas azulísimas percudidas en sus grisáceas paredes arteriales. Minutea el reloj como si tuviera un engrane con taquicardia. Ella estará ahí. Confirmado, vía SMS y redes sociales. La penumbra transitoria de cada luminaria amarilla acentúa rítmica su airada paciencia. Tú no la tienes.
El rumor de una ambulancia.
Fiestas de hace diez años en las que aprendiste a perder el miedo.
La ciudad mece sus aguas sepultadas al ritmo de Daft Punk. Entre tú destino y el arribo al lugar, en donde sabes que ella estará, hay escalas varias entre desatinos emocionales. Este es el capítulo final de una larga serie de desencantos, en su mayoría, de petulantes demostraciones de cuando se desenvainan los floretes verbales respectivos. De alientos cercanos un día en que los dos estuvieron borrachos.
Del anuncio de Librerías Gandhi que te ha sacado una sonrisa. La referencia al mismo libro de Leopoldo Alás “Clarín”. A ella se lo hicieron leer en la secundaria. A ti también.
No sabes bien por donde concatenar todas tus acciones en varios años. ¿Será un prontuario de actitudes, de ecuaciones diferenciales que arrojen un sólo resultado? Bien podrías. Eres diletante de cientos de cosas _como muchos hoy en día_ pero experto en ella solamente. Sabes hasta más cosas sobre ella, que si misma. Es más, te desespera el hecho de que su estatura emocional le haga liarse con los mismos tipos siempre. O bien cerrados -generalmente ejecutivos de ventas-, ó de esos que tienen máscaras frecuentes en los lanzamientos de los libros, ciertos bares, y ciertos eventos. Eso es lo que les ha dado plática los últimos años.
Pero no es el momento.
Has llegado al lugar y ella lo hizo con alguien más. Tranquilo, no hay problema, no es la primera vez que pasa.
2. Sus manos
En ellas se aloja el flogisto. La única luminosidad y el calor que en invierno de 2004 rompieron el silencio de un equinoccio. Suaves, muy suaves, con esmalte inoportuno de colores. Las mismas que te tomaron fuera del MUAC para darte un prolongado beso que ni al caso.
Ese que te tiene divagando hace semanas.
3. Su bolso
Parece tener vida propia. Y dentro suena su celular de forma repetida. ¿Quien es?.
Ese objeto podría tener varios nombres. ¿Manantial? De él emergen siempre los dineros para los tragos. ¿Tabaquería? Siempre fuman juntos por la cosa de los nervios. Incluso cuando notaste que el libro de Paul Auster con una carta tuya dentro la puso nerviosa. Cuando fueron a ver Matchpoint a la Cineteca. Una vez que viste sus DM de Twitter y le decía a una amiga “ni modo de decirle que no”.
4. Los muros verbales que no se abren como Moisés en las aguas del Mar Rojo.
Resulta que una vez una señora entrada en años, asistente de un político priísta, conoció a un priísta en funciones, amigo de su jefe con quien se fue de viaje a Vallarta. Allá concibieron a un lindo bebé, con quien la señora no tan entrada en años se mudó a Estados Unidos para garantizarle “un porvenir”. Allá recibía las pensiones bajadas de la entonces Secretaría de Programación y Presupuesto. Pasado el tiempo y dadas las respectivas vueltas de la vida, el político del PRI se fue al PRD, se hizo diputado y fue impugnado en las elecciones locales. No solo eso: ahora el hijo vivía en México, y estaba litigando, como buen abogado, en un despacho que por azar lleva el caso de una controversia electoral contra su padre.
- ¿Como? ¿Quien era hijo de quien? - te preguntas sobre la historia que otros platican, no entiendes nada, pero ella, la que iba a estar ahí sola y llegó acompañada, está averiguándolo, con demasiada atención, concentrada no en tu plática. Le suben el volumen a la música y tú lo ves como una oportunidad, no sabes bien cómo, pero lo ves así.
5. La nostalgia
Una acuarela rara que pincela suave todos tus días, inspirada en una línea de Joaquín Sabina que dice “No hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedió”.
6. Una nueva cinta de Moebius
Y es aquí en donde se genera un loop terrible. Da igual si es Regina Spektor o Café Tacvba, ¿como le rebates que a ella le gusta todo y respeta a todos y si es buena onda o la hace sentir plena acepta cualquier cosa. Una vez en una fiesta de fin de año de su trabajo ¡la viste bailar en bikini Don Quijote Marihuana!
Así de contradictoria.
Tanto que no sabes porqué se casó con ese tipo. Clarísimo aquella vez caminando por Álvaro Obregón, hacia su casa, porqué lo dejó. Y porque estás pensando esto mientras ya te sientes mareado.
Darle energía a un nuevo esfuerzo será generar un loop. De esos con textura que llega al estómago, como los que genera sólo un Roland.
Una nueva cinta en la que dar vuelta una vez y otra. Sin saber cómo salir y qué sentido tiene seguir orbitando.
7. Promesas sobre el bidet.
- ¡Dime la verdad! ¿Porqué es que pasa todo esto? ¿Porqué a veces me tratas tan bien, luego tan mal?
- Es que me siento como no sé, presionada. No sé ni qué responderte.
(Llantos mutuos)
(Y tienes “calambres en el alma”)
8. Felipe II y su Armada Invencible
Organizar una expedición detallada, con meses de planeación. Rutas por donde sus navíos puedan transitar. Chistes que puedan mellar su seriedad fingida. Eso si lo tienes comprobado.
Sonríes, te arreglas, te compras ropa a crédito. Dejas tiempo, dinero, esfuerzo. Haces una síntesis de tu mundo cercano y le das lo mejor. Todo para que sonría. Organizas una flota acorazada que intenta abrirse paso entre lo que consideras complicado: mares turbulentos por los cuales hay que bregar. ¿Como, por qué?
Pides favores, pides dinero, te ves al espejo, restas y añades lo posible para que te vea agradable. Con un sextante en el skyline de la ciudad, y una brújula escondida entre la ropa. Una flota que seguro no fallará.
No suena tan malo si al final, aunque no haga caso o no veas resultados tangibles, eres mejor persona.
Pero no lo eres, sigues sintiéndote terrible.
“En lo que Dios hace no hay que perder ni ganar reputación, sino no hablar de ello”, dijo Felipe II cuando vio su flota invencible naufragar en el Oceáno Pacífico.
Como una de tantas que has tejido con paciencia y que se ha ido al fondo de las aguas.
9. El sabor de repetidas cervezas.
No la besarás. Menos si ambos están borrachos, otra vez. Entre todo el caudal de emociones, de dichos, ves ralentizada tu capacidad de respuesta. ¿Eso lo dijo porque lo piensa, o porque lo cree de verdad? ¿Anotarás en una lista todas las variables y todas las posibles salidas? ¿Porqué si pones todo de tu parte ella arroja todo esfuerzo a la broma o a la evasión?
Mejor si la besas.
Miras el muro en el que estás recargando, está en la semipenumbra y piensas: “pinches viejas”. La ves de lejos con sus leggings de colores, radiante, casi virginal.
Mejor no.
Tiemblas.
No puedes hablar.
Piensas, con lo poco de conciencia que tienes:
10. ¿Para qué?
Ibidem, punto 6.







